Batalla en las montañas del Fin del Mundo

Tekeli-li olfateó el aire del bosque. No le gustaba este continente, era demasiado frío, demasiado montañoso y estaba lleno de sangres caliente. Los bosques tampoco eran como los de casa, estos eran viejos, tan viejos como la espesa jungla pero al contrario de la salvaje jungla que iba renovándose casi cada día este bosque arrastraba los años como un ancla por el fondo del mar.
Tekeli-li conducía a los Saurios por el espeso y salvaje bosque. Estaban en tierras de los enanos, a quienes el saurio conocía bien. A lo largo de su vida había tenido contacto con estos siervos de los Ancestrales y sabía que había entradas en el libro de los Agravios con su nombre desde hace cientos de años.
Esta vez, esperaba que la misión que tenían que cumplir pudiera ser realizada sin que su nombre volviera a aparecer en el Libro. Un clan enano vecino lo consideraba amigo y les había ayudado con recursos y provisiones pero ahora estaban en tierras enemigas y no quería llamar la atención.
Apoyó el arma y el escudo contra el árbol y sus guerreros relajaron la posición, llevaban todo el día marchando por el bosque y necesitaban descansar. Mientras las tropas descansaban, Tekeli-li se acercó a Techutlí, el capitán de los gélidos para debatir los informes de los jinetes de Terradón.
-Hay Enanos delante, parece que nos esperan.- dijo el capitán de los eslizones-Tienen un puesto defensivo y están las tropas desplegadas en el paso. El bosque es denso en los márgenes y un risco hace que el camino sea estrecho. No podremos desplegar el ejército cómodamente.
Con un gruñido despidió al informador y preparó a su ejército para la batalla.
  
Los saurios comenzaron a salir del espeso bosque bordeando el risco por el lado y formaron en el camino, junto al poderoso Estegadón, el cual salió de los bosques barritando de forma amenazadora. Los enanos aprestaron sus armas cuando vieron que desde los apretados árboles unas sinuosas formas crestadas y oscuras acechaban las tropas.

El rugir de los tambores no presagiaba nada bueno para los hijos de Grungni. El Señor de los Enanos tranquilizó a sus Martilladores y los animó a defender sus tierras.
Tekeli-li alzó su arma y los saurios se lanzaron a la carrera. El regimiento de Saurios que había llevado hasta esta parte del mundo era el de los Tzunkios, desovados por la mano de Tzunki y su estandarte llameante les daba rapidez y prisa por derramar la sangre enemiga. El enorme Estegadón corría junto a ellos. Tenían un objetivo y debían romper la línea enana de un solo y poderoso golpe porque no tenían ni los efectivos ni el tiempo para entablar una batalla prolongada.
Los jinetes de Gélido del poderoso Techutlí avanzarían rodeando el risco y cargando por los enanos que defendían la torre. La misión de los Terradones era la de atacar los flancos y apoyar las cargas de los Tzunkios y de Techutlí. Mientras tanto los eslizones se esconderían en la selva y dispararían a todo enano que vieran.

De entre los bosques en la retaguardia, surgió un ruido que no presagiaba nada bueno. Un girocóptero enano apareció detrás de las líneas eslizonas y las masacró lanzandoles un chorro de líquido inflamable. Los eslizones no pudieron reaccionar y fueron convertidos en una masa humeante fundida con la roca.
En el otro flanco, las jabalinas eslizonas no estaban haciendo nada contra la poderosa coraza enana. El aire de tiñó de gritos y juramentos pero el ruido que heló (aún más si cabe) la sangre a Tekeli-li fue el grito de ¡Fuego! de un enano y el destensar de una cuerda. Casi instintivamente alzó su mirada al cielo y vio la enorme roca que se acercaba a toda velocidad. No tuvo tiempo de gritar, la roca aplastó a varios saurios y los derribó en mitad del campo. La trampa enana estaba funcionando a la perfección. Tekeli-li maldijo su estupidez. Habían llegado hasta aquí. No podían retirarse, como fuera debían atravesar la línea.
Levantandose con rapidez gritó a los Tzunkios que lo siguieran. Los saurios, leales hasta el fin se levantaron y cargaron mientras recibían disparos del Girocóptero que había masacrado los eslizones contra los enanos que les esperaban con las armas levantadas.

La carga Sauria fue brutal, a pesar de los saurios muertos, los Tzunkios atacaron salvajemente con sus macanas de hueso y obsidiana. Tekeli-li mató en combate singular al capitán de los guerreros del clan y retó al portaestandarte del clan. Este, un guerrero consumado aceptó el duelo y enfrentaron hacha y macana con fiereza. Mientras tanto, los saurios luchaban y morían contra los poderosos enanos.
Los Jinetes de Techultí, por contra, estaban rodeando el risco para atacar por el flanco cuando frente a ellos apareció un regimiento de Martilladores enanos. El Señor del Clan los lideraba y previniéndose de un ataque por el flanco desprotegido había apostado allí a sus guerreros, los cuales sorprendieron a los Jinetes. Techutlí atravesó con su lanza todo enano que se ponía a su alcance, e incluso intentó atacar al Señor de los enanos, pero el capitán de los martilladores se interpuso en medio. Techutlí lo mató de un lanzazo y atacó al Señor Enano. La lanza no hizo nada en la bellamente forjada armadura de Gromril y el Señor enano sonrió al ver que sus Martilladores estaban martilleando totalmente a los Jinetes de gélido.
Los eslizones del Estegadón vieron la catapulta enana desde su plataforma e intentaron disparar a la masa de enanos que tenían delante para ayudar a los saurios cuando de repente, la tierra cedió bajo sus pies. Por poco pierden el control del gran reptil cuando de un agujero del suelo aparecieron una decena de enanos con picos y palas cargando contra el animal.
Tekeli-li se alejó de su contrincante. Agachó la cabeza en señal de respeto al enemigo vencedor, y lanzó un rugido que hizo que los saurios se replegaran junto a él. Los enanos no los persiguieron. Pasaron junto al Estegadón que había conseguido aplastar a los mineros que le atacaban y se replegaron a los bosques donde se encontraron con los eslizones supervivientes, los cuales habían sufrido muchas bajas por culpa de los disparos de los Atronadores sin que sus primitivas armas superaran las armaduras enanas.
Los jinetes de gélido habían muerto por manos de los Martilladores, solo quedaba Techutlí el cual miraba fijamente a la pequeña roca de metal que era el Señor de los enanos que gobernaba el clan. No había podido superar las defensas de esta mole de metro y medio y el martillo que empuñaba brillaba con el poder de las runas enanas.

Techutlí miró la huida de los Tzunkios supervivientes. Le debía respeto eterno a Tekeli-li, pues era el más anciano Saurio de Xuthal del Crepúsculo y el Guardián Eterno de los Slann de la Ciudad. Techutlí era más joven, mucho más joven y arrogante como sólo puede ser un Saurio que hacía pocos años que había cumplido la centuria. Herido en su orgullo y sintiendo como la decisión de Tekeli-li no era más que debilidad pensó que es normal que el Gran Plan fracasara, con estos comandantes débiles y sin fuerza. Maldijo a los enanos en voz bien alta y en su lengua sauria, sabiendo que las bestias inferiores de sangre caliente no lo entenderían y dio la vuelta a su gélido. Esperaba encontrar a Tekeli-li y enfrentarse a él por esta derrota tan desastrosa.



*Esta fue una batalla que jugué a 1.500 puntos siguiendo el reglamento de Warhammer Reforged, la batalla, Hombres Lagarto contra Enanos resultó en una victoria abrumadora por parte de los Enanos. La verdad es que fue la primera con ese reglamento y con ese ejército y hace mas de un año que no juego así que estaba oxidadísimo y cometí errores garrafales que no cuento aquí porque no es un informe de batalla.

Si tenéis dudas o queréis saber algo más o simplemente, os gusta lo que cuento o queréis informe de batalla también ¡Dejadlo en los comentarios!

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