Final de la Fase 1: Cónclave del Orden.

«La cámara de reuniones de Barak Varr era cómoda y, contra lo esperado por los líderes de Ulthuan, bien iluminada. Al principio las cosas habían ido bien: se sirvieron bocados delicados y la mejor cerveza que se podía encontrar en aquellas montañas, a lo que los elfos respondieron con un obsequio de telas, tintes y frutos exóticos. Quedó patente para todos los asistentes que las delegaciones diplomáticas pretendían impresionarse y, al mismo tiempo, dejar constancia de su buena voluntad para con la recién creada alianza. Se sentaron a la mesa y narraron el curso de las primeras escaramuzas con los invasores, aunque cada uno de los presentes estaba perfectamente enterado de lo sucedido gracias a los informadores y espías de los que cada cual disponía. El Príncipe Lindir, dolorido y con el torso envuelto en vendas, mantuvo un osco silencio tras relatar brevemente cómo sus caballeros habían sido repelidos por la hueste druchii. Sin duda, pensó Astrohz el Implacable, aquella campaña no había comenzado como esperaba aquel orgulloso hijo de Caledor; tan solo esperaba que las ansias por desquitarse de aquella derrota no perjudicasen los intereses comunes de la alianza. 
–Solo nos queda un asunto más por discutir –anunció Grungthan, el Herrero Rúnico de la fortaleza–, algo que intuyo pero no termino de discernir. 
–¿Y bien? ¿Cuál es ese enigma del que hablas? –preguntó Finulein Sin Tierras. 
–No pretendo ofenderos, sobre todo ahora que todos estamos en la misma barricada, pero… Creo que es justo que los enanos de estas montañas sepamos la verdadera razón por la que habéis venido hasta aquí…
–¿A qué te refieres, herrero? –dijo Astrohz. 
–A que creo que hay algo en Tor Tal-Harin… algo que llevaba mucho tiempo perdido. Y creo que lo habéis encontrado y os lo vais a llevar. 
–¿Cómo? ¿De qué hablas? –saltó Úlfgar el Carnicero– ¿Qué es lo que escondéis, malditos elfos? 
–No te atrevas a hablar así a los generales del Rey Fénix, Matador… –ladró Lindir, señalándole con dedo acusador. 
–¿Quieres ver por donde me paso a tu Rey Fénix? Pues mira por donde… 
–¡Úlfgar, basta! –ordenó Byrrnoth Grundadraff– Deja hablar a Grungthan. 
–Como decía, es justo que sepamos vuestras verdaderas intenciones. Sangre enana ha sido derramada en los últimos días… y eso es algo que nosotros no nos tomamos a la ligera. 
–¡Lo que dices es absurdo! –volvió a gritar el Príncipe Lindir– Nuestra misión no es otra que la de asegurar la zona mientras reconstruimos las defensas de la ciudad. 
Un silencio pesado se adueñó de la reunión. Nadie se atrevía a decir la primera palabra, pero los enanos ya no miraban a Lindir, sino a los otros dos elfos; ambos callaban de forma prudente, como si temiesen revelar algo que les estaba prohibido. 
–En honor a la verdad –comenzó Astrohz–, debo decir que oficialmente solo se me ha pedido que proteja la costa y los accesos a la ciudad. Pero soy un elfo viejo, y se que no hacen falta tres ejércitos para eso… y que el Rey Fénix no enviaría a su propia hija si no hubiese algo más. 
–¿Hija de Finubar? –murmuró Grungthan con asombro. 
–Tenéis razón –reconoció Finulein con gesto serio–, hay algo más. En las catacumbas de Tor Tal-Harin hay un artefacto, desconocemos su naturaleza, pero podría potenciar los efectos del Vórtice de Ulthuan. 
–Y evitar que vuelva a desencadenarse otra Tormenta del Caos… –añadió Astrohz como para sí mismo. 
–Si. En teoría. Pero, de momento, Arathar solo ha encontrado una gran puerta cerrada. Sus adeptos están probando distintos rituales para abrirla, aunque sin éxito. Será un honor conduciros a las catacumbas, para que podáis comprobarlo por vosotros mismos. Es un tema muy delicado y no ha permanecido oculto por desconfianza hacia los enanos, sino porque es de capital importancia para mi pueblo. 
–¡Esto es inaceptable! ¿Por qué no he sido informado de esto? Mi familia hará saber esto en la Corte. 
–Eres un comandante de Ulthuan, Príncipe Lindir –interrumpió Astrohz–, compórtate como tal. Nuestro deber también consiste en proteger los secretos del Rey Fénix, cueste lo que cueste. 
–¿Cómo osas? No tolero que un viejo de Nagarythe y una bastarda me falten el respeto. Ni a mi, ni a mi familia –se levantó y salió airadamente de la sala, dejando las puertas abiertas tras de sí.
Un silencio incómodo más se apoderó de la sala durante un instante, mientras los pasos del caledoriano se alejaban por las galerías subterráneas. Sin embargo, tras un inapropiado comentario de Úlfgar el Carnicero, los pactos fueron sellados y la alianza renovada bajo la luz de las runas y las antorchas; algo que no ocurría entre elfos y enanos desde hacía milenios. Aún quedaban por delante muchos días de penuria y muerte, pero aquella noche hubo fiesta y celebración: seguían vivos y, de momento, los vientos de la guerra les eran favorables». 
Autor: Ximo Soler

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