Liguilla Reforged: Los muchachos de Grimgor (Orcos)

Snagla el Rabioso sabía que lo que veían sus ojos no era real, que aquel yermo tapizado con los esqueletos de millones de orcos caídos en la batalla solo podía ser un sueño o una visión… o ambas cosas. Un fragor ensordecedor –mezcla de tambores de guerra, cuernos de combate y gritos– llegaba hasta sus oídos desde todas partes, generando un eco que rebotaba en los oscuros valles de aquel mundo más allá del mundo, haciéndole hervir la sangre con deseos de matanza. El chamán sabía que debía estar atento, pues una experiencia como aquella solo podía conseguirse comiendo una barbaridad se setas y él no había probado ninguna esa noche. De repente, las dos montañas que presidían el erial se movieron y fueron tomando forma ante sus ojos.
–Snagla… –susurró una de las moles.
–¡Obedece o muere! –bramó la otra. Snagla se encogió con todo su cuerpo, mezcla de terror y fervor religioso, pues eran muy pocos los orcos que tenían el honor de comparecer antes los mismísimos Gorko y Morko. Se contaba que algunos chamanes poderosos los habían visto, pero no eran más que leyendas, cuentos narrados por los viejos magos en vísperas a una batalla; si su fisionomía hubiese contado con lagrimales habría llorado de la emoción.
–¡Oh, poderozoz Gorko y Morko! ¡Me poztro ante vozotroz, grandez machakadorez!¡Ordenad y ze oz obedezerá!
–Ezcucha, tienez que matar taponez y elfoz, nozotroz te diremoz donde. Mátaloz a todoz, ez muy importante.
–Gorko, cállate idiota. Tenemoz que dezirle lo del Kacharro Brillante.
–Ah, zi. Ez zierto. Dízelo tú.
–Tenéiz que bajar de laz montañaz y encontrar una ziudad que eztá entre laz tierraz de los goblinz Ojo Amarillo y loz orcoz Diente Roto, ez una fortaleza de elfoz blandenguez. Allí, debajo de la ziudad hay un Kacharro Brillante, grande y muy viejo, de antez de que loz orcoz tuviezen zu primera pelea.
–Azí ze hará, miz zeñorez, el caudillo Grimgor eztá volviendo de matar humanoz, azí que en cuanto conozca ezta notizia pondrá en marcha su Waaagh! ¿Qué debemoz hazer con eze Kacharro Brillante?
–¡Deztruirlo! –dijeron los dos dioses al únisono.
–Zi loz orejotaz ze lo quedan lo uzarán para que loz Waaagh tengan menoz poder –continuó Gorko–, zi lo pillan loz elfoz del Nuevo Mundo y los taponez ozcuroz lo uzarán para que zuz diozez maten a todoz loz humanoz, loz enanoz y loz elfoz… y eso no zería divertido.
–Azí ze hará.
–Pero ten cuidado –advirtió Morko–, la ziudad de loz orejaz puntiagudaz eztá bien defendida y ze han hecho amigoz de loz taponez. Unioz a loz ezclavoz de loz diozez ozcuroz y quemadlo todo. Y cuando el Kacharro Brillante zea vueztro… ¡Matadloz también a elloz!
–Todoz morirán en vueztro nombre y a zu debido tiempo, lo juro.
–Bien –dijo Gorko–. Por zierto, Morko, zolo una coza máz… ¡No vuelvaz a llamarme idiota!
El impacto del puño de Gorko en la mandíbula de Morko resonó a través del tiempo y el espacio, lanzando al espíritu de Snagla contra su propio cuerpo a través del velo de la consciencia. Se incorporó del suelo y miró a su alrededor. Cientos de caras de orcos y goblins le observaban con asombro y, en ese momento, supo que había entrado en trance en mitad del campamento. La luz de las hogueras le daba a la escena un agradable color a incendio. Sonrió al ver a unos metros a Gimlug Pateakuloz, el viejo orco que lideraba aquella banda de saqueadores, se acercó a él y le dijo:
–Prepara a loz muchachoz, tienen que eztar liztoz para cuando llegue Grimgor.

Autor: Ximo Soler

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