Liguilla Reforgera: La Hueste del Conde Venetto (Mercenarios)

«La taberna Trece Ratas bullía con los gritos y las risas de los perros de la guerra mientras el dueño de la misma observaba con pavor a su indeseada clientela, que bebía, comía y destrozaba con un entusiasmo propio de quién ha salvado la vida de puro milagro, o de quien cree que puede morir en breve. El capitán Samuel Sime, sentado en la única mesa tranquila de la habitación, con un pichel de cerveza en la mano, sabía que en el caso de aquella banda de guerreros se daban las dos circunstancias al mismo tiempo. La hueste del Conde Venetto fue digna de contemplar, llegaba a inspirar respeto no solamente por su tamaño sino por la férrea disciplina que demostraba en combate. Sin embargo, dos derrotas casi seguidas –la primera al estrellarse contra una hueste de altos elfos y la segunda en una emboscada de pieles verdes– habían conseguido acabar con la mayoría de los mercenarios y con su moral. Donde hacía un mes había organización y buenas pagas, ahora tan solo quedaban borracheras, peleas, violaciones y bolsillos vacíos. El capitán Sime, que había sido elegido como líder por aquellos rufianes pese a no haberlo buscado, sabía que si querían volver a ser una partida de perros de guerra respetada tendrían que dejar de saquear aldeas; sabía perfectamente que a los roba-gallinas solo se les contrataba como carne de cañón. Sin embargo, en aquellos valles alejados de cualquier atisbo de civilización, incluso dentro de la laxa definición de civilización que se suele encontrar en los Reinos Fronterizos, no había príncipes ambiciosos a los que servir. Aquellos delincuentes le habían votado para que encontrase un pagador y para que les guiase en el combate, pero primero debía hacerles cruzar las montañas con un aspecto medio decente. Tenía muchos problemas y sabía que no podía esperar a que las soluciones se materializasen ante él, como por arte de un encantamiento. 
Una ráfaga de viento helado invadió el gran salón cuando la puerta se abrió, dejando pasar el aliento de aquella primavera tan fría y tan desafortunada para ellos. Una silueta alta y delgada se recortó a la luz de la mañana, provocando que todos y cada uno de los mercenarios dejase de beber, comer y aporrear (un ogro había decidido realizar un estudio empírico sobre la viabilidad de deshacerte de un idiota pegAndole con otro idiota). El desconocido se acercó a la mesa del capitán Sime y se sentó frente a él con elegancia, aunque sin poder disimular el metal que tintineaba bajo su abrigo. Samuel estaba acostumbrado a cosas bastante más intimidantes que aquel larguirucho, pero no pudo evitar sentir una punzada de inquietud. Cuando el desconocido se quitó la capucha, no pudo evitar mostrar su sorpresa al ver que sus orejas eran puntiagudas y que se trataba de una mujer. Durante un instante revivió aquellas terroríficas cargas de caballería y las nubes de flechas blancas, pero en seguida se percató de aquella elfa no era como las que les habían diezmado… era peor. 
–Hola, capitán –dijo la desconocida–, mi señor ha escuchado hablar de ti y quiere que te dé un mensaje en su nombre.
–¿Y cuál es ese mensaje?
–Sírveme y tendrás oro y venganza. ¿Qué puedes perder?»
Texto de Ximo Soler.

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